Paul Mattick

Paul Mattick

El Comunismo de Consejos

 


Escrito: En 1939.
Versión al castellano: Por R. Ferreiro, julio 2005.
Edición digital: Por el Círculo Internacional de Comunistas Antibolcheviques.
Esta edición: Marxists Internet Archive, agosto de 2006.


 

No puede haber ninguna duda de que esas fuerzas sociales, generalmente conocidas como el “movimiento obrero” que se elevó durante los últimos cien años y que, cuantitativamente, alcanzó su expansión máxima poco antes y poco después de la [I] Guerra Mundial, están ahora definitivamente en declive. Aunque esta situación sea reconocida, alegre o renuentemente, por la gente interesada en las cuestiones obreras, las explicaciones realistas de este fenómeno son escasas. Donde el movimiento obrero fue destruído por fuerzas externas, queda el problema de cómo fue eliminado a pesar de la aparente fortaleza que había adquirido en su largo período de desarrollo. Donde se desintegró por propio acuerdo, queda la cuestión de por qué no ha aparecido un nuevo movimiento obrero, dado que las condiciones sociales que producen tales movimientos existen todavía.

I

La mayoría de las explicaciones ofrecidas no convencen, porque se ofrecen solamente con el propósito de servir a los intereses específicos e inmediatos de los partidarios involucrados en problemas obreros, por no mencionar sus limitaciones en el conocimiento teórico y empírico. Pero, peor que una posición falsa o inadecuada acerca de la cuestión de la responsabilidad del presente impasse del movimiento obrero, es la incapacidad resultante para formular cursos que lleven a una nueva acción independiente de la clase obrera. No hay escasez de propuestas acerca de cómo revivir al movimiento obrero; sin embargo, el investigador serio no puede ayudar señalando que todas esas propuestas de un “nuevo comienzo” no son, en realidad, más que la reiteración y el redescubrimiento de ideas y formas de actividad desarrolladas con mucha mayor claridad y consistencia durante los comienzos del movimiento obrero moderno. Al refutar la idea de la aplicación exitosa de estos principios redescubiertos y –en comparación con desarrollos más tardíos– radicales, debe considerarse no sólo que estos principios habrán de ser inadecuados, dado que estaban necesariamente ligados a una fase de desarrollo completamente diferente de la sociedad capitalista, sino que ya no encajan, ni pueden ya hacerse encajar, en un movimiento obrero que ha basado su filosofía, formas de organización y actividades durante demasiado tiempo, y con demasiado éxito, en aspiraciones totalmente contrarias al contenido de estos principios más tempranos.

No ha de esperarse un resurgir del viejo movimiento obrero; ese movimiento obrero que pueda ser considerado nuevo tendrá que destruir los rasgos mismos del viejo movimiento obrero, que eran considerados su fortaleza. Debe evitar sus éxitos, y no puede aspirar meramente a una expresión organizativa “mejor que antes“; debe entender todas las implicaciones de la fase presente del desarrollo capitalista y organizarse de acuerdo con ello; no debe basar sus formas de acción en las ideas tradicionales, sino en las posibilidades y necesidades dadas. Volver a los ideales del pasado, bajo las condiciones sociales generales presentes, significaría sólo una muerte más temprana para el movimiento obrero. No fue meramente la cobardía de los amos de las organizaciones obreras y de la burocracia obrera ligada a ellas lo que originó las muchas derrotas sufridas en los conflictos recientes con las clases dominantes y determinó el resultado de la huelga “general” en Francia; sino, más que eso, un reconocimiento claro o instintivo de que el movimiento obrero presente no puede actuar contra las necesidades capitalistas, de que sólo puede, de un modo u otro, servir a los intereses capitalistas específicos e históricamente determinados.

Dejando a un lado a aquellas organizaciones y funcionarios que, desde el principio, concibieron su función como no más que participar en la distribución de la riqueza creada por los trabajadores, bien a través de la extorsión abierta o bien a través de la organización del mercado de trabajo, esto es mucho más obvio: hoy los dirigentes obreros, lo mismo que los trabajadores mismos, son más o menos conscientes de su incapacidad de actuar contra el capitalismo, y el cinismo que exhiben tantos dirigentes obreros en tales políticas prácticas –en cuanto son todavía posibles–, es decir, “venderlo todo”, puede considerarse también como la actitud más realista, derivada del reconocimiento pleno de una situación cambiada. El sentido de la futilidad que predomina en el movimiento obrero actual no puede disiparse mediante un uso más pródigo de la fraseología radical, ni mediante una completa subordinación a las clases dominantes, como se intenta en muchos países donde los dirigentes obreros claman por la “planificación nacional[1] y por una solución al problema social dentro de las condiciones de producción presentes. Sobre una base de acción tal, el viejo movimiento obrero no puede ayudar copiando de las vagas propuestas de los movimientos fascistas, y como imitadores tendrán aún menos éxito que los originales. El fascismo, y la abolición del movimiento obrero presente conectada con él, no puede ser detenido con métodos fascistas ni con la adopción de las metas fascistas por el movimiento obrero mismo. 

II

Aunque se intenta a menudo, es imposible explicar el presente estado miserable del movimiento obrero como el resultado de muchas “traiciones” a manos de “renegados”, o por la “falta de visión” de las necesidades reales de la clase obrera por parte de sus dirigentes. Ni es posible culpar a formas de organización específicas, o a ciertas tendencias filosóficas, de las muchas derrotas que han ocurrido. Ni es posible explicar el declive del movimiento atribuyéndoselo a “características nacionales” o “peculiaridades psicológicas“. El declive del movimiento obrero es un declive general; todas las organizaciones, sin consideración de sus formas y actitudes específicas, están por consiguiente afectadas; y ningún país ni ningún pueblo han sido capaces de escapar a esta tendencia a la caída. Ningún país, viendo la destrucción del movimiento obrero en otras tierras, ha sido capaz de “sacar lecciones de sus derrotas”; ninguna organización, viendo otras derrumbándose, fue capaz de “aprender para evitar este destino”. La castración de todo el poder de los trabajadores en Rusia en 1920 fue rápidamente copiada en Turquía, en Italia, en China, en Alemania, en Austria, en Checoslovaquia, en España, y ahora en Francia, y pronto en Inglaterra. Es cierto que en cada país, a causa de las peculiaridades del desarrollo económico y social, la destrucción de las organizaciones obreras capaces de funcionar como tales ha variado de caso a caso; sin embargo, nadie puede negar que en todos estos países la independencia del movimiento obrero fue abolida. Lo que existe todavía allí bajo el nombre de organización obrera no tiene nada en común con el movimiento obrero que se ha desarrollado históricamente –o que, en los países más atrasados, estaba en proceso de desarrollo– y que fuera fundado para mantener una oposición insuperable a una sociedad dividida en obreros impotentes y explotadores que controlan todo el poder económico –y el consecuente poder político–. Lo que todavía existe allí en la forma de partidos, sindicatos de oficio e industriales, frentes obreros y otras organizaciones, está tan completamente integrado en la forma de sociedad existente que es incapaz de funcionar de otro modo que como un instrumento de esa sociedad.

No es posible, además, culpar a la expresión teórica más importante desarrollada hasta ahora en el movimiento obrero –el marxismo– de las muchas limitaciones del movimiento obrero y de su presente destrucción. Ese movimiento obrero que está ahora muriendo tenía muy poco que ver con el marxismo. Tal crítica del marxismo sólo puede surgir de una falta de todo conocimiento en lo que respecta a sus contenidos. Tampoco el marxismo fue mal entendido; fue rechazado tanto por el movimiento obrero como por sus críticos, y nunca fue tomado para lo que es: “una guía no dogmática para la indagación científica y la acción revolucionaria[2]. En ambos casos, tanto por parte de aquéllos que lo adoptaron como una frase sin significado, como por aquéllos que combatieron incluso esta frase sin significado, fue utilizado en su lugar como un instrumento para ocultar una práctica que, por un lado, confirmaba la entereza científica de la ciencia social marxiana, y, por otro lado, estaba fuertemente opuesta a la correspondiente y perturbadora realidad.

Aunque desarrollado bajo la influencia del marxismo, este movimiento obrero decadente ha repudiado ahora por completo sus comienzos revolucionarios, incluso donde su adhesión ha sido meramente nominal, y actúa sobre fundamentos enteramente burgueses. Tan pronto como se reconoce este hecho, no hay necesidad de buscar las razones del declive del movimiento obrero en alguna filosofía vagamente elaborada y actualmente despreciada; en cambio, este declive se convierte en un paralelo completamente evidente del declive del capitalismo. Ligado a un capitalismo en expansión, totalmente integrado en el conjunto del tejido social, el viejo movimiento obrero puede solamente estancarse con el capitalismo en estancamiento, y decaer con el capitalismo decadente. No puede divorciarse de la sociedad capitalista, a menos que rompa completamente con su propio pasado, lo que es posible solamente disolviendo las viejas organizaciones –en la medida en que todavía existen–. Esta posibilidad, sin embargo, está impedida debido a los intereses establecidos desarrollados en esas organizaciones. Un renacimiento del movimiento obrero es concebible sólo como una rebelión de las masas contra “sus” organizaciones. Justamente como las relaciones de producción, para hablar en términos marxianos, impiden el despliegue ulterior de las fuerzas productivas de la sociedad, y son responsables del presente declive capitalista, así las organizaciones obreras de hoy impiden el pleno despliegue de las nuevas fuerzas de la clase proletaria y sus intentos de nuevas acciones que sirvan a los intereses de clase de los trabajadores. Estas tendencias en conflicto entre los intereses de la clase obrera y las organizaciones obreras predominantes se revelaron con la mayor claridad en Europa, donde el proceso de expansión capitalista se detuvo y la contracción económica fue sentida más severamente, resultando en formas fascistas de control sobre la población. Pero en América también, donde las fuerzas de la economía capitalista han estado menos exhaustas que en Europa, los viejos dirigentes obreros están unidos a los de las organizaciones obreras más nuevas, aparentemente más progresivas, en el apoyo a la clase capitalista, que se esfuerza por mantener su sistema incluso después de que su base social e histórica haya desaparecido. 

III

Sólo es una paradoja para el observador superficial que el declive del movimiento obrero europeo fuese acompañado por un nuevo brote de organizaciones obreras en los Estados Unidos. Esta situación indica sólo la tremenda fuerza y reserva que todavía posee el capitalismo en América. No obstante, también es una expresión de debilidad del capitalismo americano comparado con el capitalismo más centralizado de los países europeos. Siendo tanto una ventaja como una desventaja, la situación obrera americana actual ilustra meramente los intentos de utilizar la ventaja para ayudar a eliminar la desventaja.

La centralización de todos los poderes económicos y políticos posibles en manos del Estado (que, debido a la economía decadente, está impelido a participar en luchas internas y externas más grandes) se encuentra todavía en los Estados Unidos confrontada por intereses capitalistas poderosamente individualistas, que temen correctamente ser víctimas de este mismo proceso. Así surge otra paradoja: que es precisamente la fuerza persistente del capital privado, capaz de contrarrestar las tendencias capitalistas de Estado y de luchar contra la organización del trabajo, la que es, en gran medida, la responsable de la existencia continuada de estas organizaciones obreras. Pues el apoyo indirecto, pero muy poderoso, que el movimiento obrero ha encontrado en estas políticas gubernamentales que se dirigen contra los procedimientos capitalistas anárquicos, individuales, en un esfuerzo por salvaguardar la sociedad presente, servirá inevitablemente sólo al Estado. El Estado habrá entonces hecho uso aprovechable de la organización obrera, no la organización obrera del Estado. Cuanto más el gobierno sostiene los intereses del trabajo, tanto más los intereses obreros desaparecen, más estas organizaciones obreras se hacen ellas mismas superfluas. El ascenso del movimiento obrero americano experimentado recientemente no es sino un síntoma velado de su declive. Como se indicó en la primera convención del CIO celebrada recientemente, los obreros organizados están completamente subordinados a la dirección sindical más eficiente y centralizada. De esta completa castración de la iniciativa de los trabajadores dentro de sus propias organizaciones a la subordinación completa del conjunto de la organización al Estado hay sólo un paso. No sólo el capital, como Marx decía, es el que cava su propia tumba; también las organizaciones obreras, donde no son destruídas desde fuera, se destruyen a sí mismas. Y se destruyen a sí mismas en el mismo intento por convertirse en fuerzas poderosas dentro del sistema capitalista. Adoptan entonces los métodos necesarios bajo las condiciones capitalistas para crecer en importancia, y por eso, a su vez, fortalecen continuamente aquellas fuerzas que finalmente las “harán suyas“. No hay, por lo tanto, ninguna oportunidad de beneficio a partir de sus esfuerzos, ya que, en último análisis, los poderes reales de la sociedad deciden lo que permanecerá y lo que será eliminado.

Tampoco hay esperanza alguna de que, en reconocimiento de los servicios prestados a la sociedad explotadora, los organizadores obreros y sus seguidores encuentren su propia recompensa en un sistema económico completamente controlado por el Estado, pues todos los cambios sociales en la presente sociedad antagónica ocurren por medio de la lucha. Una armonización de los intereses entre dos clases diferentes de burocracias es posible sólo en casos excepcionales, como en el caso de que estalle una guerra antes de que el sistema totalitario esté completado; de otro modo la apropiación del viejo movimiento obrero por el sistema estatal deja a los viejos dirigentes en las calles, o les lleva a los campos de concentración, como se demostró de modo tan competente en Alemania. Tampoco el reconocimiento de que tal futuro es probable pudo hacer que los dirigentes obreros evitasen prepararlo, como no se le da al presente movimiento obrero no revolucionario otra posibilidad que allanar el camino hacia él. La única alternativa, la actividad revolucionaria, excluiría todos esos aspectos de la actividad obrera que son aclamados como las victorias dolorosamente ganadas de una larga lucha, y significaría el sacrificio de todos esos valores y actividades que hoy hacen que valga la pena trabajar en organizaciones obreras, y que inducen a los obreros a entrar en ellas.

Si el reciente desarrollo del llamado trabajo “económicamente” organizado en América es, él mismo, una indicación del declive general del movimiento obrero mundial –y está contundentemente ilustrado por laa reciente declaración de John L. Lewis de que su organización está lista “para apoyar una guerra de defensa contra Alemania”, o, en otras palabras, que él y su organización están listos para luchar por los intereses del capitalismo americano–, no hay ni siquiera la necesidad de probar el declive del viejo movimiento obrero en el campo político de los Estados Unidos. Dado que factores históricos y sociales específicos excluyen el crecimiento de un movimiento obrero político con alguna consecuencia en América, un movimiento obrero político americano no puede declinar, dado que no existe. Con la excepción de un número de movimientos espontáneos que han desaparecido tan rápidamente como emergieron, lo que hasta ahora se ha experimentado en la forma de un movimiento obrero político en este país no era de ninguna importancia. La ausencia total de conciencia de clase en los movimientos “económicos” aquí es tan bien reconocida que es superfluo mencionar este hecho de nuevo. Con la excepción de los Industrial Workers of the World (I.W.W.), las organizaciones obreras de la historia reciente se han considerado siempre como complementarias al capitalismo, como uno de sus recursos. El observador objetivo debe admitir que todas las masas trabajadoras organizadas y desorganizadas están aún bajo la autoridad del capitalismo, porque allí se desarrolló con el capitalismo en expansión no un movimiento obrero, sino un movimiento capitalista de trabajadores. 

IV

A partir de la posición negativa desarrollada aquí puede verse fácilmente que la actividad futura de la clase obrera no puede designarse como un “nuevo comienzo“, sino meramente como un comienzo. El siglo de lucha de la clase que dejamos detrás de nosotros “desarrolló un conocimiento teórico inestimable; encontró galantes palabras revolucionarias en desafío de la demanda capitalista de ser el sistema social final; despertó a los obreros de la desesperación de la miseria. Pero su lucha efectiva estaba dentro de los límites del capitalismo; era la acción a través de la mediación de los dirigentes y sólo buscaba poner amos blandos en el lugar de los duros.”[3] La historia previa del movimiento obrero sólo debe considerarse como un preludio de la acción futura. Aunque no hay duda de que este preludio ya ha previsto algunas de las implicaciones de la lucha venidera, no obstante sigue siendo sólo una introducción, no un resumen, de lo que va a seguir.

El movimiento obrero europeo desapareció con tan poca lucha porque su organización no tenía perspectiva de avance; sabían o sentían que no había lugar para ellos en un sistema socialista, y su miedo de que la sociedad de clases desapareciese no era menor que el de otros grupos privilegiados. Capaces de funcionar sólo bajo condiciones capitalistas, contemplaban con desagrado el fin del capitalismo; una elección entre dos maneras de morir nunca ha alentado a nadie. El hecho de que tales organizaciones obreras puedan funcionar sólo en el capitalismo explica también sus conceptos bastante curiosos acerca de lo que constituiría una sociedad socialista. Su “socialismo” era y es un “socialismo” que se asemeja al capitalismo; ellos son capitalistas “progresivos” más bien que socialistas. Todas sus teorías, desde la del “marxista” revisionista Bernstein, a aquellas de un “socialismo de mercado” en boga hoy, son sólo métodos para lograr la conformidad en el capitalismo.

Por consiguiente, no es sorprendente que un sistema capitalista de Estado, claramente discernible tal y como existe en Rusia, sea generalmente aceptado por ellos como un sistema socialista completo, o como una fase transitoria al socialismo. La crítica dirigida contra el sistema ruso considera solamente la falta de democracia, o una supuesta malicia o estupidez de su burocracia, y se preocupa poco o nada del hecho de que las relaciones de producción ahora existentes en Rusia no difieren esencialmente de aquellas de los demás países capitalistas, o del hecho de que los obreros rusos no tienen voz alguna en cualquier cosa en los asuntos productivos y sociales de su país, sino que están sujetos políticamente y económicamente a las condiciones y los individuos explotadores, como los obreros de cualquier otra nación. Aunque la amplia mayoría de los obreros rusos ya no hace frente a los empresarios individuales en su lucha por la existencia y mejores condiciones de vida, sus autoridades presentes muestran que incluso la vieja aspiración del movimiento obrero, el reemplazo de los amos duros por otros benévolos, no se ha cumplido allí.

Ellos muestran también que la sola desaparición del capitalista individual no acaba con la forma capitalista de explotación. Su transformación en un funcionario estatal, o su reemplazo por cargos estatales, deja todavía intacto el sistema de explotación que es peculiar al capitalismo. La separación de los obreros de los medios de producción y, con esto, la dominación de clase, se continúan en Rusia, con el añadido de un aparato explotador altamente centralizado y unívoco que ahora hace más difícil la lucha de los obreros por sus objetivos, de modo que Rusia se revela sólo como un desarrollo capitalista modificado expresado en una nueva terminología. Los intentos de una mayor suficiencia nacional a los que Rusia fue forzada, como han sido forzados todos los demás países capitalistas, es ahora celebrado como “la construcción del socialismo en un sólo país“. La quiebra de la economía mundial, que explica y permite el desarrollo forzado del capitalismo de Estado en Rusia, es ahora descrita como una “coexistencia de dos sistemas sociales fundamentalmente diferentes“. Sin embargo, el optimismo del movimiento obrero parece incrementarse con cada derrota que sufre. Cuanto más progresa la diferenciación de clase en Rusia, más la nueva clase dominante tiene éxito en suprimir la oposición a una explotación creciente y altamente celebrada; cuanto más Rusia participa en la economía capitalista mundial y se convierte en un poder imperialista entre los otros, más se considera que el socialismo está plenamente realizado en ese país. Justo como el movimiento obrero ha sido capaz de ver al socialismo en marcha en la acumulación capitalista, celebra ahora la marcha hacia el barbarismo como otros tantos pasos hacia la nueva sociedad.

Como quiera que el viejo movimiento obrero pueda estar dividido por desacuerdos en varios temas, en la cuestión del socialismo está unido. El “cartel general” abstracto de Hilferding, la admiración de Lenin por el socialismo de guerra y el servicio postal alemanes, la eternización de Kautsky de la economía del valor-precio-dinero (deseando hacer conscientemente lo que en el capitalismo se realiza por las ciegas leyes del mercado), el comunismo de guerra de Trotsky, provisto de los rasgos de la oferta y la demanda, y la economía institucional de Stalin –todos estos conceptos tienen en su base la continuación de las condiciones de producción existentes–. Es una cuestión de hecho que son meros reflejos de lo que efectivamente está ocurriendo en la sociedad capitalista. De hecho, tal “socialismo” se discute hoy por famosos economistas burgueses como Pigou, Hayek, Robbins, Keynes, por mencionar sólo unos pocos, y ha creado una literatura considerable a la que los socialistas se vuelven ahora por su material. Además, los economistas burgueses de Marshall a Mitchell, de los neoclásicos a los modernos institucionalistas, se han interesado ellos mismos por la cuestión de cómo traer orden al desordenado sistema capitalista, siendo la tendencia de su pensamiento paralela a la tendencia a una intrusión aun mayor del Estado en la sociedad competitiva, un proceso que resulta en “New Deals“, “Nacional-Socialismo” y “Bolchevismo”, los diversos nombres para los diferentes grados y variaciones del proceso de centralización y concentración del sistema capitalista. 

V

Recientemente se ha vuelto casi una moda describir las inconsistencias del movimiento obrero como una trágica contradicción entre medios y fines. Sin embargo, tal inconsistencia no existe. El socialismo no había sido el deseado “fin” del viejo movimiento obrero; fue meramente un término empleado para ocultar un objetivo enteramente diferente, que era el poder político dentro de una sociedad basada en gobernantes y gobernados por una participación en la plusvalía creada. Este fue el fin que determinaba los medios.

El problema de los medios y los fines es el de la ideología y la realidad basadas en las relaciones de clase de la sociedad. Sin embargo, el problema es artificial, porque no puede resolverse sin disolver las relaciones de la clase. También es sin sentido, en tanto sólo existe en el pensamiento; en la realidad efectiva no existe tal contradicción. Las acciones de las clases y los grupos pueden explicarse en cualquier momento sobre la base de las relaciones productivas existentes en la sociedad. Cuando las acciones no corresponden a los fines proclamados, esto es sólo porque no se lucha realmente por aquellos fines; estos fines aparentes, en cambio, reflejan un descontento incapaz de convertirse en acción, o un deseo de ocultar los fines reales. Ninguna clase puede, en realidad, actuar incorrectamente, es decir, actuar de algún modo en desacuerdo con las fuerzas sociales determinantes, aunque tenga posibilidades ilimitadas de pensar incorrectamente. Dentro de la producción social del capitalismo cada clase depende de la otra; su antagonismo es su identidad de intereses; y mientras tanto esta sociedad exista, no puede haber elección de la acción. Sólo abriéndose camino, quebrando los límites de esta sociedad, es posible coordinar los medios y los fines deliberadamente, establecer la verdadera unidad de teoría y práctica.

En la sociedad capitalista hay sólo una contradicción aparente entre los medios y los fines, siendo la disparidad sólo un instrumento para servir a una práctica efectiva que en absoluto carece de armonía con los deseos involucrados. Se necesita solamente descubrir el fin efectivo detrás del fin ideológico para despejar la aparente inconsistencia. Para usar un ejemplo práctico: si se cree que los sindicatos están interesados en las huelgas como un método de minimizar los beneficios e incrementar los salarios, como ellos sostienen, se sorprenderá al descubrir que, cuando los sindicatos eran aparentemente más poderosos y cuando la necesidad de aumentar los salarios era mayor, los sindicatos eran más reacios que nunca a usar el medio de la huelga en interés de su meta. Los sindicatos se inclinaron a medios menos apropiados para el fin al que se aspiraba, como el arbitraje y las regulaciones gubernamentales. El hecho es que el incremento salarial bajo todas las condiciones ya no es el fin de los sindicatos; ellos ya no son lo que eran en sus inicios; su verdadero fin es ahora el mantenimiento del aparato organizativo bajo todas las condiciones; los nuevos medios son esas tácticas más apropiadas a esta meta. Pero descubrir su carácter cambiado sería alienar a los obreros de la organización. Así, el mero fin ideológico se convierte en un instrumento para asegurar el fin real, deviene sólo en el instrumento de una actividad completamente realista y bien integrada.

No obstante, el problema de los fines y los medios excitó al viejo movimiento obrero considerablemente, y explica en parte por qué el carácter real de ese movimiento fue reconocido tan despacio y por qué florecieron las ilusiones acerca de las posibilidades de reformarlo. El esfuerzo más importante por revolucionar el viejo movimiento obrero fue realizado cuando la revolución rusa de 1905 había interrumpido el negocio cotidiano en que el movimiento obrero estaba entonces comprometido y la cuestión de un cambio social efectivo se puso de nuevo al frente. Pero, incluso aquí, en esta aparente oposición, el viejo movimiento obrero reveló su innato carácter capitalista. Los serios esfuerzos de Lenin por resolver el problema del poder le condujeron directamente de vuelta al campo de los revolucionarios burgueses. Esto no sólo era el resultado de las atrasadas condiciones rusas, sino también del desarrollo teórico del socialismo occidental, que únicamente había enfatizado el carácter burgués que había heredado de las revoluciones más tempranas. La naturaleza capitalista del movimiento obrero también aparecía en su teoría económica que, siguiendo la tendencia de la economía burguesa, veía los problemas de la sociedad cada vez más como una cuestión de distribución, como un problema de mercado. Incluso el asalto revolucionario de Rosa Luxemburgo en su Akkumulation Kapitals (La acumulación de capital) contra los “revisionistas” era todavía un argumento situado dentro del nivel establecido por sus antagonistas. Ella, también, dedujo las limitaciones de la sociedad capitalista principalmente de su incapacidad, a causa de los mercados limitados, de realizar la plusvalía. No la esfera de la producción, sino la esfera de la circulación parecía de importancia predominante, determinando la vida y la muerte del capitalismo.

Sin embargo, desde la izquierda de preguerra (que incluía a Luxemburgo, Liebknecht, Pannekoek y Gorter), emparejada con las luchas efectivas de los trabajadores en huelgas de masas en el este tanto como en el oeste, surgió allí un movimiento durante la guerra que continuó por unos cuantos años como una tendencia verdaderamente anticapitalista, y que encontró su expresión organizativa en diversos grupos antiparlamentarios y antisindicales en un número de países. En sus comienzos, y a pesar de todas sus inconsistencias, este movimiento estaba desde el principio estrictamente opuesto al conjunto del capitalismo, así como al conjunto del movimiento obrero que era una parte del sistema. Reconociendo que la asunción del poder por un partido sólo significaba un cambio de explotadores, proclamó que la sociedad debe ser controlada directamente por los obreros mismos. Las viejas consignas de la abolición de las clases, la abolición del sistema salarial, la abolición de la producción de capital, dejaron de ser consignas y se convirtieron en los fines inmediatos de las nuevas organizaciones. Su objetivo no era un nuevo grupo gobernante en la sociedad, queriendo actuar “por los obreros” –y, con este poder, capaz de actuar contra ellos–, sino el control directo por los obreros sobre los medios de producción a través de una organización de la producción que asegurase este control. Estos grupos[4] se negaron a distinguir entre los diferentes partidos y sindicatos, pero vieron en ellos restos de una fase pasada de luchas dentro de la sociedad capitalista. Ya no estaban interesados en dar nueva vida a las viejas organizaciones, sino en hacer saber de la necesidad de organizaciones no sólo de un carácter enteramente diferente –una organización de clase capaz de transsformar la sociedad–, sino capaces también de organizar la nueva sociedad de tal manera que hiciese la explotación imposible

[VI]

Lo que queda de este movimiento, hasta donde encontró expresión organizativa permanente, existe hoy bajo el nombre de Grupos de Comunistas de Consejos. Ellos se consideran marxistas y con eso, internacionalistas. Reconociendo que todos los problemas de hoy son problemas internacionales, rehusan pensar en términos nacionalistas, sosteniendo que todas las consideraciones nacionales especiales sirven sólo a las necesidades competitivas capitalistas. En su propio interés los obreros deben desarrollar las fuerzas de producción más allá, una condición que presupone un internacionalismo consecuente. Sin embargo, esta posición no pasa por alto las peculiaridades nacionales y, por consiguiente, no lleva a esfuerzos de perseguir políticas idénticas en países diferentes. Cada grupo nacional debe basar sus actividades en una comprensión de su ambiente, sin la interferencia de ningún otro grupo, aunque se espera que el intercambio de experiencias lleve a actividades coordinadas dondequiera que sea posible. Estos grupos son marxistas porque allí no se ha desarrollado todavía una ciencia social superior a la originada por Marx, y porque los principios marxianos de indagación científica son aún los más realistas y permiten la incorporación de nuevas experiencias que crecen a partir del continuo desarrollo capitalista. El marxismo no es concebido como un sistema cerrado, sino como el estado presente de una ciencia social en desarrollo, capaz de servir como teoría de la lucha de clase práctica de los trabajadores.

Hasta ahora las funciones principales de estas organizaciones consistieron en la crítica. Sin embargo, esta crítica ya no se dirige contra el capitalismo que existía en los tiempos de Marx. Incluye una crítica de esa transformación del capitalismo que aparece bajo el nombre de “socialismo”. La crítica y la propaganda son las únicas actividades prácticas posibles hoy, y su aparente infructosidad sólo refleja una situación aparentemente no revolucionaria. El declive del viejo movimiento obrero, que implica la dificultad e incluso la imposibilidad de llevar adelante otro nuevo, es una perspectiva lamentable sólo para el viejo movimiento obrero; no es ni aclamada ni lamentada por los Grupos de Comunistas de Consejos, sino simplemente reconocida como un hecho. Los últimos reconocen también que la desaparición del movimiento obrero organizado no cambia nada de la estructura social de clases; que la lucha de clases debe continuar, y estará forzada a actuar sobre la base de las posibilidades dadas.

“Una clase en la que los intereses revolucionarios de la sociedad están concentrados, tan pronto como se ha alzado, encuentra directamente en su propia situación el contenido y el material de su actividad revolucionaria: los enemigos a ser abatidos; las medidas (dictadas por las necesidades de la lucha) a ser tomadas; las consecuencias de sus propias acciones para impulsarla adelante. No se hace preguntas teóricas acerca de su propia tarea.”[5]

Ni siquiera una sociedad fascista puede acabar con las luchas de clases –los obreros fascistas serán forzados a cambiar las relaciones de producción–. Sin embargo, no hay en la realidad efectiva cosa alguna como una sociedad fascista, justo como no hay tal cosa como una sociedad democrática. Ambas son sólo fases diferentes de la misma sociedad, ni más elevadas ni más bajas, sino simplemente diferentes, como resultado de cambios de las fuerzas de clase dentro de la sociedad capitalista, que tiene su base en un número de contradicciones económicas.

Los Grupos de Comunistas de Consejos reconocen también que ningún cambio social real es posible bajo las condiciones presentes, a menos que las fuerzas anticapitalistas se hagan más fuertes que las procapitalistas, y que es imposible organizar las fuerzas anticapitalistas con tal fuerza dentro de las relaciones capitalistas. Partiendo del análisis de la sociedad actual y de un estudio de las luchas de clases previas, concluyen que las acciones espontáneas de las masas insatisfechas crearán, en el proceso de su rebelión, sus propias organizaciones, y que estas organizaciones, emergiendo de las condiciones sociales, pueden sólo acabar con el presente orden social. La cuestión de la organización, tal y como se discute hoy, es considerada como una cuestión superflua, en tanto las empresas, las obras públicas, los departamentos de beneficencia, los ejércitos de la guerra que viene, son organizaciones suficientes para permitir la acción de las masas –y organizaciones que no pueden ser eliminadas, no importa qué carácter pueda asumir la sociedad capitalista–.

Como marco organizativo para la nueva sociedad se propone una organización de consejos basada en la industria y el proceso productivo, y la adopción del tiempo medio de trabajo social como medida para la producción, la reproducción y la distribución en tanto se necesitan medidas para asegurar la igualdad económica a pesar de la división del trabajo existente. Esta sociedad, se cree, será capaz de planear su producción de acuerdo con las necesidades y el goce deseado por la gente.

Los Grupos de Comunistas de Consejos comprenden además, como ya se ha declarado, que tal sociedad sólo puede funcionar con la participación directa de los obreros en todas las decisiones necesarias; su concepto del socialismo es irrealizable sobre la base de una separación entre trabajadores y organizadores. Los Grupos no reclaman estar actuando por los trabajadores, sino que se consideran ellos mismos como aquellos miembros de la clase obrera que, por una razón o por otra, han reconocido las tendencias evolutivas hacia el hundimiento del capitalismo, y que intentan coordinar las actividades presentes de los obreros para ese fin. Saben que ellos no son más que grupos de propaganda, capaces sólo de sugerir los cursos necesarios de la acción, incapaces de realizarlos en el “interés de la clase”. Esto, la clase tiene que hacerlo ella misma. Las funciones actuales de los Grupos, aunque referidas a las perspectivas del futuro, intentan basarse enteramente en las necesidades presentes de los trabajadores. En todas las ocasiones, intentan fomentar la iniciativa propia y la acción propia (self-iniciative and self-action) de los obreros. Los Grupos participan dondequiera que sea posible en cualquier acción de la población trabajadora, no proponiendo un programa separado, sino adoptando el programa de aquellos trabajadores y empeñándose en incrementar la participación directa de los mismos en todas las decisiones. Demuestran en la palabra y en el hecho que el movimiento obrero debe fomentar exclusivamente sus propios intereses; que la sociedad como un todo no puede verdaderamente existir hasta que las clases sean abolidas; que los trabajadores, considerando nada más que sus intereses específicos y más inmediatos, deben y han de atacar a todas las otras clases e intereses de la sociedad explotadora; que no pueden equivocarse mientras tanto hagan lo que les ayuda económica y socialmente; que esto es posible sólo mientras tanto lo hagan ellos mismos; que deben comenzar a resolver sus asuntos hoy y así prepararse para resolver los problemas aún más urgentes del mañana. 

______________________

[1] Ver: Planificación Económica y Planes del Trabajo (París: Federación Internacional de Sindicatos, 1936).

[2] Ver: Karl Marx, por Karl Korsch. Una reafirmación de los principios y contenidos más importantes de la ciencia social de Marx. (Nueva York, John Wiley, 1938.)

[3] J. Harper [=Anton Pannekoek], “Observaciones Generales sobre la Cuestión de la Organización”, Living Marxism, noviembre de 1938.

 

[4] La “Izquierda”, o sea las organizaciones obreras comunistas, rastrean sus principios más tempranos a la oposición de izquierda que se desarrollaba en los partidos socialistas y comunistas antes, durante y brevemente después de la guerra. Sus conceptos del control obrero directo asumieron importancia real con la llegada de los “soviets” en la revolución rusa, los delegados de fábrica (shop stewards) en Inglaterra durante la guerra, y los delegados obreros de fábrica en Alemania durante la guerra y los consejos de obreros y soldados de después de la guerra. Estos grupos fueron expulsados de la Internacional Comunista en 1920. El folleto de Lenin, “El comunismo de izquierda una enfermedad infantil” (1920), fue escrito para destruir la influencia de estos grupos en Europa occidental.
Estos grupos consideraban contrarrevolucionarias las políticas bolcheviques en lo que respecta a los intereses de clase de la clase obrera internacional, y fueron derrotados por esta contrarrevolución que se asoció con el movimiento reformista y con la propia clase capitalista para destruir los primeros principios de un movimiento radical dirigido contra todas las formas de capitalismo. Lo que todavía queda de este movimiento hoy son pequeños grupos en América, Alemania, Holanda, Francia y Bélgica, incapaces de hacer más que trabajo de propaganda con influencia en grupos sumamente pequeños de trabajadores.

 

[5] Karl Marx, Las luchas de clases en Francia, 1848-50.

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