FAU: Acción Sindical y Lucha Armada

Acción Sindical y Lucha Armada

El proceso de las luchas en nuestro país va dejando en claro un conjunto amplio y complejo de experiencias. Analizarlas para extraer de ellas pautas de acción claras y precisas resulta fundamental. Emprendemos este análisis encarando algunos problemas que se deducen de la actividad sindical, aspecto de la mayor importancia dentro del conjunto de tareas que hoy tenemos por delante.

A pesar de la experiencia acumulada, a pesar de lo que evidencia la práctica diaria, hay quienes se empeñan en presentar como excluyentes e incompatibles métodos que solamente definen diversos niveles de la misma lucha y que pueden y deben ser confluentes y armónicos. Hay quienes siguen contraponiendo artificialmente acción de masas y lucha armada, movilización gremial y acción directa. Esa concepción estratégica está plagada de “alternativas” que encierran otros tantos subjetivismos animados por un pensamiento interesadamente mecánico y abstracto. “O nos dedicamos a movilizar y organizar a las masas o agarramos la metralleta”. “O vamos a las elecciones o nos ponemos todos a tirar tiros”. Son estos argumentos los que todavía se oyen. En general, seguidos del corolario que están destinados a sugerir: “las condiciones todavía no están dadas, sigamos haciendo propaganda legal, actos pacíficos, frentes electorales”. También se dice con el mismo sentido: “organicemos primero el partido”.

En nuestro país los distintos niveles de lucha, los diversos métodos se vienen dando en forma simultánea. Acentuar la convergencia de sus efectos, perfeccionar su trabazón es la tarea fundamental del presente. Tarea en gran parte original, nueva, dadas las peculiaridades específicas de nuestro país (urbanización elevada, movimiento de masas extenso, agudización paulatina y a ritmos diversos de las contradicciones, existencia de formas de lucha armada, represión creciente, etc.) y la fluidez y complejidad que caracteriza este período de transición.

Lo que la experiencia viene demostrando es que los métodos “legales”, tradicionales, que aparecían antes como útiles para lograr conquistas en los salarios no bastan ahora para quebrar la política de congelación. Lo que se constata, a escala internacional, es la imposibilidad de llegar al poder por vía electoral, lo negativo del engañoso parlamentarismo, la vulnerabilidad de llegar de las vastas organizaciones y aparatos públicos, la relativa ineficacia de los medios de propaganda disponibles. Reconocer todo esto, ¿supone renunciar a la acción de masas?, ¿supone la necesidad de aislarse de ellas, de abandonar la tarea de organizarlas, de estimularlas en su movilización, de contribuir a esclarecerlas? Por supuesto que no. En estos momentos resultan particularmente pertinentes algunas puntualizaciones sobre las modalidades del trabajo sindical en relación con estos problemas.

También la actividad sindical debe y puede desarrollarse a diversos niveles. De hecho lo viene haciendo así. Hay niveles elevados de lucha que ya han sido alcanzados en las acciones gremiales. Dentro de estas, en una esquematización necesariamente sumaria se pueden reconocer estas variantes que de hecho son meras etapas en el proceso de un conflicto gremial:

1. Agitación (actos, volantes, rayado, mural, manifestaciones destinadas a ambientar y difundir los motivos de una movilización posterior)

2. Paros o huelgas destinados a lograr los objetivos

3. Movilizaciones callejeras más o menos combativas para conmover a la opinión pública y galvanizar y cohesionar las propias filas.

4. Acciones directas como medio de repercusión pública para castigar la traición en las propias filas, para castigar a los represores, para radicalizar la propia movilización.

Una de las características de la metodología reformista es su apego exclusivo a las dos primeras formas de lucha. Esto unido al culto de la obediencia al “aparato” disfrazada frecuentemente de “disciplina gremial”: al apego a las gestiones y tramitaciones para “aislar al enemigo”, a la canalización de las gestiones hacia el parlamento (donde “se lucen” los representantes del partido), constituye el recetario reformista para la actividad sindical. Aunque no se logren los objetivos perseguidos se proclama “otra gran victoria” del movimiento sindical y se trata de deducir los saldos políticos que dejó el movimiento en los siguientes términos: “centenares de nuevos afiliados”, millares y millares de nuevos votantes” en elecciones cercanas o más o menos remotas.

Todo esto se conoce perfectamente. Y llegó a ser tradicional. Pero en las condiciones actuales este esquema estratégico se demuestra insuficiente. Actuar sindicalmente con una perspectiva revolucionaria, con sentido revolucionario, fundidos en las masas, sin dejar de lado el objetivo reivindicativo de la acción gremial, plantea dificultades, sugiere problemas.
Para ubicar estos a aquellos y dilucidar estos, comencemos por el principio.
Una orientación correcta supone encarar con sentido revolucionario y con método correctos, las plataformas reivindicativas.

La función esencial de los sindicatos, lo que legitima su existencia como organización de masas, es su función en la lucha reivindicativa. Hay que evitar el error de intentar convertirlos en espacios de partidos políticos con definiciones totales sobre los más diversos problemas. Concepción errónea a la cual se deslizaron militantes anarco-sindicalistas que cumplieron sin embargo, la difícil tarea de fundar, en base a criterios de intransigencia clasista, las primeras “sociedades de resistencia” en el Río de la Plata.

En las condiciones presentes lo esencial es decidir acciones gremiales combativas y duras, que determinen las conquistas de las reivindicaciones más sentidas y arraigadas.

Al respecto caben algunas puntualizaciones:

1. La función de la militancia es impulsar, fomentar y estimula la lucha y no esperar que esta surja espontáneamente. Es crear los medios concretos (organizativos, financieros, informativos, etc.) para que el combate encuentre cauces, oportunidades y formas adecuadas.

2. Es necesario tener criterios claros respecto a cuáles deben ser los objetivos en torno a los que debe centrarse la lucha. Reivindicaciones no faltan, por cierto, en los gremios. El problema consiste en elegir cuál o cuáles de ellas es preferible agitar primero para lanzarla después como motivo de movilización. El acierto en esta elección es decisivo para el éxito. No hay que “enchufar” consignas. No hay que plantear vaguedades ni cosas confusas, ni demasiadas cosas a la vez. Se pueden agitar varias consignas pero deben haber objetivos, metas a conquistar, bien definidas, claras y alcanzables.

3. No se puede movilizar a fondo a un gremio por cuestiones que sólo interesan a una minoría de militantes. En esto no valen las “ocurrencias” subjetivistas. Sólo reivindicaciones muy sentidas pueden mover realmente a un gremio. Pero frecuentemente es la acción del sector más activo la que pone en claro y define ante el conjunto del gremio esas reivindicaciones aclarando sus contenido.

4. Las organizaciones gremiales son, por definición, organizaciones de masas. No tendría sentido, dentro de una perspectiva correcta intentar convertirlas en mecanismos para manejar verticalmente a las masas. Las formas organizativas que se adopten deben garantizar el contacto más amplio, rápido y directo entre las bases y los organismos representativos de dirección.

5. En el marco de una política gubernamental reaccionaria y represiva todo conflicto gremial enfrenta actualmente serias dificultades. Estas deben ser analizadas con objetividad y realismo y hay que plantearlas ante el gremio con claridad y sin derrotismo. Si a pesar de las dificultades las masas quieren combatir, hay que seguir con ellas y no frenarlas. Hemos afirmado muchas veces que la peor derrota es la derrota sin lucha.

6. Si en un gremio, ante las trabas que encuentra la lucha se quiere retroceder y es imposible infundirle mayor combatividad, sea por debilidad propia o porque existen realmente dificultades insalvables, no hay que empeñarse en seguir adelante hasta aislarse. Hay que ser capaz de replegarse en orden con oportunidad, sin desorientarse, y hablar siempre claro. No se deben inventar victorias cuando estas no existen.

7. El lanzamiento de una movilización, la pertinencia de un repliegue, se establecen a través de un análisis concreto de las condiciones y posibilidades del movimiento.

¿Qué elementos tomar en cuenta en este análisis?

a) En primer término, la situación del gremio: nivel de organización y de conciencia, experiencia de lucha, disponibilidad de cuadros, etc.

b) En segundo término, la situación del conjunto del movimiento popular: posibilidad de solidaridad y de influencia sobre otros sectores, orientaciones predominantes en direcciones y aparatos, etc.

c) En tercer término, las peculiaridades del momento: ascenso o reflujo momentáneo de las luchas, situación y medios de lucha que posee el enemigo en esa coyuntura determinada.

Con un análisis de este tipo y en contacto estrecho con las masas se pueden afrontar, con eficacia, las más difíciles circunstancias.

8. En un período como el actual, la lucha aislada de un gremio está condenada al fracaso. Hay que procurar darle a toda la lucha la mayor amplitud posible. En extensión, fuera del gremio. En profundidad en apoyo de masas dentro de él. Esto supone coordinaciones y formas organizativas adecuadas.

Una estructura de base que traduzca con puntualidad y fielmente las opiniones y reacciones del conjunto de los integrantes del gremio. La más amplia libertad de discusión y de crítica dentro de los cuadros sindicales como garantía para que las opiniones se expresen sin trabas.

Cuando una orientación combativa predomina en la dirección de un gremio los reformistas, los agazapados, esperan los momentos más difíciles de la lucha para optar sus cartas al retroceso, a la capitulación. Cuando la represión crece, cuando la victoria demora en llegar, surgen los conocidos planteos contra el “aventurerismo” de parte de quienes, en muchas oportunidades, han propuesto aventuras de verdad, en un comienzo, en la fase ascendente de una movilización.

En esta perspectiva, evitar el aislamiento de los militantes más combativos dentro del gremio, del gremio dentro del conjunto del movimiento popular se torna una de las tareas fundamentales.

Pero para ello se requiere una coordinación estable y funcional, amplia y sin sectarismos, de todos los que están verdaderamente dispuestos a luchar.

FAU*
Montevideo

*Texto aparecido en la revista chilena PUNTO FINAL Año IV, Martes 20 de enero de 1970, Nº 96

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